
Parque Cultural de San Juan de la Peña.
Comarca de La Jacetania. C/ Ferrocarril, s/n. 22700 Jaca. Huesca. España
Tel: +34 974 356 980 (ext. 40 y 41) / Fax. +34 974 355 241
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Este territorio es el resultado del asentamiento de unos eremitas primero y de una comunidad monástica después, de un conjunto de personas que además de buscar la tranquilidad y alejamiento de esta zona boscosa tuvieron que construirse todo un sistema de explotación de recursos que les permitiera mantener una abundante nómina de monjes benedictinos. Como el transcurso de los siglos, iría proyectando la presencia de la comunidad sobre diferentes espacios, hoy podemos hablar de los núcleos de asentamiento alrededor de los cuales se construyeron senderos de oración, que llevaban a diversas ermitas que actualmente pueden ser un buen objetivo para los recorridos a pie por el Parque Cultural.
El conjunto monástico se compone de dos enclaves diferenciados: el antiguo cenobio mozárabe altomedieval que nuestros monarcas convirtieron en Panteón Real de Aragón y el nuevo monasterio barroco que se comenzó a construir en el siglo XVII para ser la nueva residencia de una comunidad que estaba muy afectada con problemas óseos derivados de lo insano que era vivir en la primitiva cueva, al que los monjes se trasladaron en el siglo XVIII.
Además, la importancia patrimonial de la zona se basa en los numerosos caminos históricos y castillos documentados en las fuentes escritas. También en los monasterios, palacios y equipamientos productivos y de servicio (molinos, almazaras, hornos, fuentes, hospitales, etc.) de los que restan vestigios arquitectónicos, arqueológicos o noticias documentales.
Así pues, la estampa de la sierra de San Juan de la Peña se alza ante los ojos de los pueblos que hoy en día conforman el Parque Cultural de su mismo nombre, ahora por su monumental altura, antes, además, por la notable presencia de su monasterio homónimo, el más importante de la comarca durante siglos y con un enorme peso en la historia y trayectoria tanto de Aragón en general como en relación a estas localidades en particular.
Sobre todo en los siglos medievales, San Juan de la Peña poseyó notables bienes en todo el entorno. Iglesias, casas, tierras de labor, pueblos enteros formaron parte de su patrimonio. Localidades como Botaya, Bailo, Santa Cilia, Ena o Alastuey dependieron directamente del monasterio y prácticamente en todos los demás lugares tuvo amplios intereses económicos. Los monjes controlaron sus propiedades como señores feudales, percibían rentas y diezmos, impartían justicia, designaban párrocos, controlaban hasta el último detalle, hasta tal punto que eran los únicos que podían vender en la zona un elemento tan esencial para la vida humana y animal como la sal.
Pero este monasterio acumula hechos históricos que aumentan su valor. Fue el primer monasterio benedictino de Aragón y el más antiguo de los panteones de sus primeros soberanos. Desde el punto de vista religioso sobresale porque fue el centro que inició el cambio de liturgia en toda la Península Ibérica, adoptando en 1071 la modalidad romana y desterrando el rito mozárabe que, entre otros aspectos, distanciaba al reino del resto de Occidente.
Todo se remonta al año 600, cuando en una jornada de caza un joven, de nombre Voto, perseguía con su caballo la carrera de un ciervo veloz. Tan encelado estaba en dicha tarea este acomodado joven zaragozano, que hasta el último momento no advirtió que había llegado al borde de lo más alto del precipicio del monte Pano. Mientras el venado saltaba desde el rojizo farallón rocoso, Voto, a lomos de su caballo, presintió la caída y advirtió que la muerte se hallaba a sus pies. La inercia y la velocidad del rápido galope le conducían hacia lo más profundo del acantilado. En cuestión de segundos, Voto se encomendó a San Juan Bautista –santo de su devoción-, y el caballo, milagrosamente, frenó en seco al borde del abismo. Agradecido a San Juan, Voto descendió a pie por donde pudo para examinar el paraje del fondo del barranco. Allí, entre la maraña de tupida vegetación, halló la cueva del Galeón al pie de la peña rocosa, lugar donde manaban aguas cristalinas y donde se encontraba una pequeña iglesia dedicada a San Juan Bautista, en cuyo interior yacía el cadáver incorrupto de un ermitaño llamado Juan de Atarés. Impresionado por el hallazgo y por las circunstancias del suceso, el noble zaragozano regresó a su ciudad y vendió cuantas pertenencias familiares poseía. Posteriormente, en compañía de su hermano Félix, se retiró al lugar para llevar una vida de retiro y oración, y levantar una ermita en honor a San Juan, lugar donde con el transcurso de los años se levantaría el Monasterio Viejo de San Juan de la Peña. Hoy, como recuerdo del suceso y fundación del monasterio, podemos encontrar una capilla renacentista y barroca en honor a estos dos santos -S. Voto y S. Félix-, levantada junto al claustro románico.
La legendaria tradición también cuenta que, en épocas medievales, a San Juan de la Peña acudían numerosos peregrinos y devotos para admirar la más importante de sus reliquias: el preciado y disputado Santo Grial, copa en la que bebió Cristo durante el transcurso de la última cena. Se narra que, traído a tierras oscenses por San Lorenzo como regalo del Papa Sixto II, el Santo Cáliz comenzó una peregrinación por distintos parajes religiosos del Pirineo como consecuencia del peligro que suponía la notable presencia musulmana. Permaneció en el monasterio largo tiempo, hasta que el rey Martín I el Humano lo solicitara a los monjes pinatenses, quienes lo enviaron a la Aljafería de Zaragoza, hasta llegar a la catedral de Valencia, donde hoy todavía permanece guardado.
